LAS 30 MALDICIONES ESCRITAS EN UNA NOCHE INTRANQUILA
LAS 30 MALDICIONES
ESCRITAS EN UNA NOCHE
INTRANQUILA
PENSAMIENTOS DE AXEL N. INCA
DEDICATORIA
Quiero dedicar este primer escrito, como introducción a mi libro de ocultismo, que contiene un estudio completo de todas las obras sobre ocultismo y temas prohibidos, a la señorita Luciana Florencia Velásquez, quien me acompañó en este corto trayecto que llevamos de vida juntos, para darme sus opiniones acerca de mis investigaciones y pasiones frívolas como lo es esta publicación. Además, agradecer a la comunidad de Terror Psicológico de Facebook, quienes me inspiran a investigar más de estos temas que me resultan interesantes. Y a mis allegados que impulsan mis escritos que suelo compartir de forma privada y limitada. A todos ellos, les agradezco por formar parte de cada pequeño paso que doy para convertirme en lo que realmente soy.
PRÓLOGO
La noche del viernes 29 de noviembre de 2024 escribí una maldición que llegó a mi cabeza mientras me alistaba para dormir. Intranquilo por los pensamientos que comenzaron a llamarme fue que decidí aplazar el sueño y escribir lo que comenzaba a escuchar como ecos resonando en mi mente, el primer punto de este corto libro es aquella primera publicación, que no fue la primer maldición que escribí, pues en los pasajes del Diario de pensamientos, en el punto 104 también dije:
“Bajaré del cielo, como Dios. Donde mi venida se presente, la vida perecerá. Quienes me llamen, recibirán el castigo reservado sólo para los pecadores. Quienes vieran mi llegada, sentirán agitarse el mal en su interior y lo expulsarán hasta teñir la tierra de sangre y se impregne en el aire el olor a muerte.”
Es entonces con estas dos maldiciones que llegaron las otras, como invocadas por mi misma pronunciación, que tras terminar de escribirlas se me hizo presente un miedo de un peligro inminente, hasta sofocarlo con el cansancio y así conciliar el sueño recién llegada la mañana del sábado.
¿QUÉ SON LAS MALDICIONES?
Las maldiciones son frases que deben pronunciarse, estas se escriben desde tres puntos de recitación: El primero es el de invocación, donde uno mismo realiza el llamado a un ser para pactar con él o hablar directamente, o para hablar a un ser ya invocado para concluir con los pactos. El segundo es el de evocación, se trata de una maldición que describe lo que ocurre, ocurrió y/o ocurrirá, siendo esta la única con un carácter profético de las tres. El tercero es el de posesión, donde el propio lector al recitar la maldición es portador de la voz del ser que llama, es también el lector quien funciona como nexus entre ambos mundos y se convierte en el portal para encarnar las figuras mencionadas en este textp.
ADVERTENCIAS SOBRE ESTE TEXTO
No leer las maldiciones en voz alta.
No repetir las maldiciones en voz alta más de seis veces.
No tratar de usar estas maldiciones para llamar a los seres para quienes fueron escritas.
No interiorizar en el estudio de estas maldiciones.
LAS 30 MALDICIONES ESCRITAS EN UNA NOCHE INTRANQUILA
Axel N. Inca
Será así, como lo grabaron con gritos en las paredes, marcando una a una las letras. Será leído así, por ojos perdidos que una a una recitarán las letras. Será así, como hallarán una a una las letras formando el nombre de la bestia y será así que la bestia, como formaban una a una las letras, despertará.
Será desde la boca de una doncella, pura en su silencio, que se escaparán los susurros de la bestia. Nadie verá mover sus labios, pero todos escucharán. Cada palabra llevará un peso insoportable, como una piedra sobre el pecho, y en el último susurro, quienes la oigan quedarán vacíos, su aliento robado, sus cuerpos inertes. Y entonces la bestia se erguirá, alimentada por el vacío que dejaron.
Cuando la hora haya llegado, la oscuridad se posará sobre las ciudades como un manto denso, sofocante. Las luces fallarán una a una, las voces se silenciarán, y sólo quedará el susurro del viento. Pero no habrá salvación en la quietud, pues entonces vendrá el fuego, subiendo desde las entrañas mismas de la tierra. Las calles arderán, los cielos se teñirán de rojo, y en cada llama danzará la imagen de aquellos que no escaparon a tiempo.
Cuando las campanas suenen sin ser tocadas, será tarde. El metal frío hablará por los muertos, y su eco será un anuncio. Nadie verá de dónde vienen las sombras, pero sentirán su toque: húmedo, helado, y definitivo. Quienes corran, no llegarán lejos. Quienes recen, no serán escuchados. El sonido será el único testigo de lo que quede.
Habrá un día en que el viento se detenga, inmóvil, pesado como plomo. Los árboles no se moverán, el agua quedará estática, y el aire será como un cristal que nadie puede romper. En ese instante, los suspiros se volverán gritos, y de las sombras que no se alargan vendrá algo que no puede ser nombrado. Nadie sabrá qué ocurrió, sólo que nada será como antes.
En la lengua de aquellos que mientan sobre lo que vieron, crecerá una quemadura. Cada mentira alimentará el fuego, hasta que la lengua no sea más que cenizas en la boca. Pero no terminará ahí: las palabras dichas en el pasado volverán, deformadas, gritando verdades que nunca quisieron ser reveladas. Y las verdades serán peores que la quemadura.
Una risa inhumana resonará en las noches más quietas, siempre lejana, siempre cerca. Nadie verá quién ríe, pero todos sentirán que la risa está dirigida a ellos. Aquellos que la busquen, no volverán. Aquellos que la ignoren, la escucharán en sus sueños, hasta que no sepan distinguir entre lo real y lo que les devora por dentro.
Dilo una vez, y los ojos se abrirán.
Dilo dos veces, y los dientes se afilarán.
Dilo tres veces, y no quedará nada.
El nombre prohibido no tiene dueño, pero reclama.
El nombre prohibido no tiene forma, pero devora.
El nombre prohibido no tiene fin, pero siempre regresa.
Pronuncia su última sílaba y sentirás cómo la lengua se te adhiere al paladar, cómo el aire se espesa en tus pulmones, cómo las sombras de la habitación se mueven aunque no haya luz.
Vendrá el momento en que clamarás por ayuda. Las palabras saldrán de tu boca, pero no habrá respuesta. El aire no las llevará, el mundo no las escuchará, y el sonido quedará atrapado en tu garganta, ardiendo como metal fundido. Repítelo: Estoy aquí. Estoy aquí. Estoy aquí. Pero no lo estás. Ni aquí, ni allá. Sólo en el espacio donde las voces se ahogan y los cuerpos desaparecen.
Se debe ofrecer la piel, arrancada en tiras, para que los cimientos tiemblen.
Se debe ofrecer la carne, desgarrada con las uñas, para que las puertas se abran.
Se debe ofrecer el alma, consumida en silencio, para que "Él" pueda entrar.
Si fallas en la ofrenda, tu cuerpo será la siguiente puerta, y tu sombra la llave.
Toma una piedra, y escucha. Toma otra, y escucha. Juntas, las piedras cantarán, un canto que nadie entiende, pero todos sienten. Será bajo la tierra donde las piedras comenzarán a moverse, retorciéndose en un lenguaje antiguo. Cada nota será un clavo, cada clavo un eco de algo que nunca debió despertar. Y cuando la canción termine, no quedará tierra bajo tus pies, sólo el abismo.
Uno en la puerta.
Uno en el suelo.
Uno en el pecho.
No abras. No respondas. No respires.
Cuando los tres golpes se oigan, ya no habrá salida. El primer golpe será tu nombre. El segundo golpe será tu aliento. El tercer golpe será el silencio. Y el silencio será eterno.
¿Lo oyes?
Es tu nombre, dicho por alguien que nunca conociste, desde un lugar al que nunca fuiste. Pero está cerca, tan cerca que sientes su aliento en tu cuello, tan cerca que sus palabras parecen nacer de tu mente. Responde, y el susurro no se detendrá. Calla, y el susurro no se irá.
Primero será tu reflejo, moviéndose cuando tú no lo haces.
Luego será tu sombra, creciendo cuando no hay luz.
Finalmente será tu cuerpo, un cascarón vacío, mientras la sombra ocupa tu lugar. No la nombres, no la mires, no la sigas. Pero aunque no la sigas, ella siempre te encontrará.
Habrá un momento en que oirás tu propio corazón detenerse. No será rápido. Cada latido será más débil, más distante, hasta que sólo quede un eco, perdido en algún rincón del mundo. Pero no estarás muerto. Estarás despierto, sintiendo cómo el silencio llena cada parte de ti, cómo el aire que respiras no tiene vida, cómo el mundo que ves ya no te pertenece.
No mires al horizonte mientras pronuncias su nombre.
No mires cómo el cielo se dobla.
No mires cómo las nubes se estiran, como tendones que se desgarran.
Porque al final del horizonte no hay cielo, ni tierra, ni luz. Al final del horizonte está "Ello", un ser tan alto que su sombra cubre la distancia entre mundos, tan vasto que su paso no hace ruido, porque ya ha pasado antes de que lo notes. Si dices su nombre, "Ello" se inclinará, y su ojo, infinito en forma y vacío, te verá. Sólo entonces entenderás que nunca estuviste aquí.
Cierra los ojos antes de decirlo. Repite conmigo: No abriré la puerta. No abriré la puerta. No abriré la puerta.
Pero la puerta se abrirá sola. Y al otro lado estará algo que no tiene rostro, pero sonríe. Una sonrisa que sientes en el pecho, como garras que tiran de tus costillas, como un frío que nunca termina. Si miras demasiado, te sonreirá más amplio, hasta que su boca abarque todo lo que ves, hasta que no quede nada más que su risa.
Cuando llames en la oscuridad, no esperes respuesta. Porque lo que viene no es un eco. Lo que viene no repite, no responde, no se detiene. Lo que viene tiene mil pies que no tocan el suelo, mil alas que no necesitan aire, y un rostro que sólo aparece cuando cierras los ojos. Si lo llamas por su nombre, el eco se convertirá en un susurro, el susurro en un grito, y el grito en el silencio que será tu único compañero.
Cuidado con los bordes.
El borde del espejo.
El borde de la cama.
El borde del pensamiento.
Porque en los bordes acechan ellos, seres que no tienen cuerpo, pero se extienden como sombras líquidas, que no tienen ojos, pero siempre te ven. Si los llamas, se acercarán. Si los nombras, cruzarán el borde. Y cuando crucen, tú serás el borde por donde ellos entrarán a este mundo.
No será como una grieta, sino como labios, húmedos, agrietados, y oscuros. Hablará sin sonido, pero entenderás cada palabra. No con tus oídos, sino con tus huesos, que se astillarán con cada sílaba. Y cuando la boca en el cielo se cierre, serás tragado, no por el cielo, sino por el vacío entre sus dientes.
La última sombra no pertenece al sol. No pertenece a la luz. Es una sombra que camina por sí misma, siempre detrás de ti, siempre al alcance de tu mirada periférica. Si la nombras, se detendrá, y tú también lo harás. Pero mientras estás quieto, sentirás cómo crece, cómo se alarga, cómo sus dedos se extienden hacia tu espalda. No puedes correr. No puedes esconderte. Sólo puedes esperar a que te toque.
No pronuncies nombres en el bosque. Los nombres llaman al enjambre, un millón de formas que no tienen forma, un millón de bocas que no tienen sonido. No son insectos, ni bestias, ni sombras, pero se mueven como todas ellas. Si pronuncias tu nombre, el enjambre lo repetirá hasta que te olvides de quién eres, hasta que el único sonido en tu mente sea el zumbido de lo que no puede ser.
Si escuchas pasos que no hacen ruido, es demasiado tarde. Son los pies de los sin-paso, criaturas que no tienen peso, pero aplastan tu voluntad. Son altos como árboles, pero se doblan como hierba, y sus ojos, si es que tienen, no están donde deberían. Si dices las palabras, los pies que no tocan el suelo caminarán hacia ti, y sus manos, tan largas como el tiempo, te tomarán para llevarte con ellos.
Las estrellas no están donde deberían estar. Hay algo entre ellas, algo tan grande que ocupa cada espacio oscuro, algo que no puedes ver del todo porque tu mente no lo soportaría. Pero si hablas, si recitas, su rostro aparecerá. No tiene ojos, pero su mirada te perforará. No tiene boca, pero su hambre te arrastrará. Y cuando finalmente lo entiendas, ya será parte de ti, y tú parte de él.
Será cuando el aire se estanque, cuando la calma se transforme en asfixia y la piel sienta el peso de algo que no está, que se sabrá que ha sido llamado. No tiene rostro, pero su presencia se siente en la médula, un calor enfermizo que no quema, un frío que desgarra desde dentro. Es hambre pura, pero no por carne, sino por el miedo que fluye como un río en quien lo siente llegar. Se dice que sus dedos no son dedos, sino agujas que atraviesan el alma sin tocarla, que sus pasos no suenan porque nunca tocan el suelo, y que su llegada no termina con un grito, sino con un silencio tan absoluto que hace temblar los cimientos del mundo. Leer estas palabras no lo convoca, pero deja abierta una puerta; no pronunciarás su nombre, pero su sombra ya estará en la tuya.
Hay un lugar al que nadie llega, un rincón que existe en cada habitación, un punto donde las paredes respiran aunque nadie las vea. Desde ahí se alza, una presencia que no se mueve, pero siempre parece estar más cerca. No tiene forma, porque es todas las formas posibles: una figura alta y torcida que cabe en los espacios más estrechos, un enjambre de ojos que parpadean en un ritmo que no sigues, una voz sin sonido que resuena directamente en el cráneo. Se dice que busca lo que no le pertenece, y que cada pensamiento que lo nombra es una invitación. Al final, sólo te quedará la sensación de que tus propios pensamientos no son tuyos, sino ecos de algo que está detrás de ti, esperando.
De las sombras que no son sombras, surge. No se desliza ni camina, porque no tiene un cuerpo como los nuestros, pero ocupa el espacio como si siempre hubiera estado ahí. Su deseo no es destruir, no es matar: es reemplazar. Cuando lo llamas, sientes que el mundo a tu alrededor ya no es el mismo, como si algo pequeño, algo imperceptible, hubiera cambiado. Pero no es el mundo lo que cambia: eres tú. Cada palabra que leas lo acerca, cada pensamiento que intentes ignorar lo hace más fuerte, hasta que su reflejo aparece en tus ojos, y no sabes si lo que ves es real o si ya te ha tomado.
Hay algo que sólo puede venir cuando se le da espacio, y estas palabras son el espacio que necesita. Su llegada no es ruidosa; es como un suspiro profundo en una habitación vacía, como el instante entre un parpadeo y otro. Su cuerpo es una amalgama de lo que temes, de lo que amas, de lo que ni siquiera entiendes. Se mueve sin moverse, como si siempre hubiera estado donde está ahora. No quiere tu vida, porque para cuando termine contigo, no habrá vida que tomar, sólo un eco persistente de lo que fuiste, resonando en un lugar que nunca existió.
Te hablo ahora, en esta hora en que el mundo se quiebra. Te hablo porque necesito que vengas, porque sé que estás esperando, justo más allá de donde mi mirada no alcanza. Y vienes, como siempre vienes, lento, pesado, dejando un rastro de cenizas y carne podrida. Tu forma no tiene lógica: es alta como las montañas, pero fluida como el humo, y de tus costados cuelgan alas desgarradas que no deberían volar. Desde el centro de ti, un abismo sin fondo, brota tu voz, profunda y gélida, preguntando qué te ofrezco. Y aquí está, lo que pediste: una vida que no es la mía, pero que dejo frente a ti como ofrenda. Tu hambre es infinita, tus dientes no se detienen, y mientras devoras, el aire a mi alrededor se vuelve pesado, inmóvil. Sé que me has escuchado, que me has aceptado, y ahora sé que siempre me estarás observando.
Te hablo porque sé que estás escuchando, porque siempre estás escuchando. Te alzas desde el vacío, un ser tan vasto que no puedo abarcarlo, tan extraño que mi mente se niega a comprender. Tus alas cubren el cielo, pero no hay cielo; tus ojos miran, pero no hay mirada. Y entonces hablas, con una voz que es todas las voces, y me exiges lo que pediste. Aquí está: sangre, carne, vida.
Fuente: https://docs.google.com/document/d/1ZXc2TPUNzcPpyiKl1CMRmG-OzwvAtUrAoqLVzYDUV5M/edit?usp=drive_link
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