LA MUERTE DE CHRIS MORRIS
Martes 20 de mayo, 2025
¿Quién era Chris Morris?
Llegó a mi vida de sorpresa, tras una decisión tomada así por un capricho que ni yo me esperaba aprobar. Al tenerlo cerca de mí, así blanco y pequeño, fue la primera vez que miré sus ojos, rojos carmesíes intensos, tanto que no hallaba en ellos fondo alguno, tan profundos que me hacían perder entre vasta vida que prometía.
Los recuerdos que le guardo son tan nostálgicos que incluso escribiendo estas memorias me retorna ese sentimiento de su partida.
Cuando comenzó a crecer fue un descontrol, su ternura bastaba para ser perdonado por cualquier mal que causara, ni ella, quien lo trajo, ni yo, quien lo acepté, sentíamos un ápice de odio hacia su ser. Con la pobre experiencia que teníamos, nos imaginábamos una vida llena de momentos lindos a su lado, porque siendo así de ignorantes ni comprendíamos la gran responsabilidad que conllevaría el adoptar a un conejito tan lindo como él.
Se siente fría su ausencia, aún a estos días de su partida los días no pueden retomar el ritmo que tenían antes de su llegada.
Sus primeros saltos en el cuarto los dio en un pequeño espacio donde antes se encontraban los juguetes de nuestro gato, por así decirlo es también mi primer hijo. Poco a poco comenzamos a acomodar el espacio de la habitación para que Chris Morris se sintiera cómodo. Al ser pequeño, naturalmente, lo caracterizaba una curiosidad inocente, como la que tienen los seres puros, pues en cada salto se apreciaba su timidez, inocencia y gran curiosidad para animarse a ir cada vez más allá.
Si tan sólo hubiera podido crear ese lugar seguro, si tan sólo hubiera sido real aquella seguridad que le hicimos creer, tal vez si así hubiera sido, tal vez no habría pasado.
Al crecer se acercó bastante a Chet. A todos les resultaba algo extraña la noticia de saber que un conejo y un gato llegaran a sentirse tan amigos y tan hermanos. Chet, quien antes perseguía pájaros y a veces los atrapaba, se lo podía ver recostado sobre la cama, el conejo a su lado, y ambos creando un recuerdo inolvidable para mí, pues así los veía a ambos, al hermano mayor y al menorcito, el que lo comenzaba a aceptar y al que comenzaba a sentirse parte de una familia. Lo mejor llegó cuando, de repente, Chet comenzó a demostrarle cierto afecto a Chris; lo hacía acicalándolo como si fuera uno más de su especie, uno más de la familia, porque era algo que él no hacía ni conmigo, y eso que yo era su dueño.
Es un momento inolvidable, imborrable, como el momento en que Chris aprendió a mirar por la ventana, tal y como Chet había aprendido
Llegó un momento de tanta paz, que tanto ella y yo, como Chet y Chris, nos sentíamos apegados y unidos como una familia. La rutina se había hecho con Chet, Chris y conmigo, porque ella se hallaba en sus días de trabajo ocupado, entonces nos pasábamos largos ratos acompañados, compartiendo en silencio porque yo no los entendía a ellos, Chris no nos entendía a nosotros y Chet tampoco, lo único que entendíamos los tres era nuestra compañía, pues nos sentábamos juntos y nos mirábamos en paz. Habían algunos gestos, como de Chet que no le gustaba el agua y pedía que la cambie, y lo hacía derribando la botellita de aquel extraño plato que había traído ella para Chris. Y Chris a veces decía que tenía hambre, lo hacía poniéndose inquieto y buscando su bolsa de alimento, o pienso, como suelen llamarle otros. Entonces así nos dábamos a entender, y ellos también me entendían a mí cuando les pedía que vinieran, sabían que tender mis manos al suelo era para que alguno se acercara. Pero lo más impresionante que recuerdo, es que Chris adoptó el comportamiento de Chet. No fue sólo que imitara sus gestos de acicalarse o de rascarse, sino que Chet siempre se emocionaba al escuchar una bolsa plástica sonar, y cuando traje varias veces alimento para Chris, incluso Chris comenzó a emocionarse, lo mejor fue cuando el alimento era para Chet y Chris también se emocionaba, se subía a un mueble para intentar alcanzar la comida a la par de su hermano, porque el plato de Chet no estaba en el suelo, porque Chris era un rompe normas y a cualquier costo quería comerse la comida de su hermano.
Me hubiera gustado darle más gustos al pequeño Chris Morris, pues en su tiempo aquí hubo probado algunas frutas y verduras, pero pudieron ser más.
Los gustos que le dimos a nuestro pequeño fueron demasiados, ni a Chet le entregamos tanto, pues para llevarlo al veterinario debimos comprar una mochila de esas transportadoras como cápsula, la cual compartiría con su hermano en turnos; para sus necesidades, con frecuencia ella le traía cajas de cartón, que a Chris le encantaban y de familiarizarse tanto con ellas, las prefería por sobre el plástico; para alimentarse tenía variedad, más que su propio hermano que sólo quería un tipo de alimento; para beber, de un tarro común, se le dio el lujo de tener uno de esos que se rellenan automáticamente; para comer y disfrutar sus gustitos, se le trajo un plástico enorme, donde cabían perfectamente la bolsa de alimento, la alfalfa que le gustaba y él recostado a sus anchas.
Le faltaron juguetes, que no pudimos encontrar en las oportunidades que tuvimos al hacer viajes. Tal vez tuvimos que esforzarnos más, porque él era un niño, él necesitaba más juguetes.
De ser así de consentido se hizo también así de caprichoso, por las noches me veía despierto y se despertaba de sus siestas cortitas y daba vueltas por todos lados. Chet igual se quedaba mirándolo y, ocasionalmente, se subía de un salto a la cama y, mientras yo me distraía con algún juego, dejaba un regalito para encontrar en la mañana.
Si no me hubiera distraído esa noche.
Fue realmente mágico, una experiencia única. Nunca había sentido una compañía como la suya, porque esperaba de mí y yo le intentaba cumplir. Hasta teníamos un pacto silencioso, donde yo me acostaría tarde para luego ponerlo en su jaula y luego me despertaría temprano para sacarlo, y debía ser así porque cuando no tenía jaula se solía comer todo lo que se hallaba a su alcance y era importante, por eso nuestro pacto, que como agradecimiento por dejarlo salir, él subiría a la cama mientras yo me encontrara medio dormido y me insistiría para despertarme.
Nuestras mañanas eran así, lo liberaba y él me lo agradecía, podía abrazarlo y acercarlo a mí. Me miraba con sus ojos rojos y me esperaba a que yo me enterara: “Papá, este es el mejor momento.”
De repente, una noche como cualquier otra, nos encontrábamos todos en nuestros lugares como de costumbre. Ella en la cama descansando por el trabajo, Chet haciendo sus cosas de gatos domésticos, y yo en la computadora distraído. En ese momento rutinario ocurrió lo inesperado, lo que nunca había ocurrido y lo que nos rompería los días. De golpe se escuchó un chillido, fuerte como sólo lo habíamos escuchado dos veces. Entonces me quité los cascos y corrí. Al salir del cuarto vi un gato naranja en el balcón que en su boca tenía a nuestro hijo. Así que corrí más, pero no lo soltaba, hasta que grité un: “¡Soltalo!”. Y fue cuando lo dejó caer en la escalera. Corrí hasta verlo, lo agarré con cuidado allí en el séptimo peldaño. Ella se acercó desde arriba y lo vio, ambos sólo escuchamos pequeños graznidos que daba Chris. No entendíamos qué ocurría así que lo alcé con cuidado. Lo aferré a mi pecho y subí hasta el cuarto. Lo bajé y lo acomodé en una caja que teníamos para que él jugara, pero no estaba jugando ahora, estaba sufriendo. Allí lo vimos y todo se puso borroso cuando ella dijo que su naricita no se movía. Era obvio y no lo había visto, Chris no podía respirar. Apenas reaccioné de eso Chris comenzó a intentar saltar, y yo en un impulso desesperado quise darle aire y no lo conseguí. Chris se nos fue así, en nuestro cuarto donde había crecido y vivido, donde se suponía que era un lugar seguro.
Todo se quedó en silencio y Chris ya no hacía nada.
Alcancé a decirle que lo quería mucho y que siempre lo extrañaría. Ambos estábamos con él en ese momento, ambos lo miramos hasta que dejó la vida, ambos lo consolamos y calmamos hasta que se tuvo que ir.
Así fue la muerte de nuestro Chris Morris, nuestro conejo, nuestro hijo. Arrebatado de nuestras manos con un susto de muerte, acabaron así con el sueño de verlo ser grande, de verlo crecer y de acompañar a su hermano.
La nostalgia nos invade los días, pues Chris Morris nos daba una compañía que junto a Chet hacían del descanso y la rutina un paraíso, era nuestro sueño de paz, de estar unidos como una familia.
Siempre te querremos, Chris Morris, con mucho amor: Chet, mamá y papá.
Chet, Luciana F. Velásquez, Axel N. Inca
Chris Morris - 9 de marzo — 15 de mayo de 2025
Fuente: https://docs.google.com/document/d/11SNJ7HT54Xy8Z4P1eOyBcHVji-jnZlyHZ3LW5ifYS4M/edit?usp=sharing
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