ENSAYO: LA ETERNA VÍA DE DESARROLLO DE LOS PAÍSES LATINOAMERICANOS

Martes 4 de noviembre, 2025


Desde mediados del siglo XIX, los países del hemisferio occidental situados al sur de los Estados Unidos comenzaron a ser denominados “países latinoamericanos”, término que buscaba unificar cultural y lingüísticamente a las naciones de habla española y portuguesa bajo una identidad común. Sin embargo, con el paso del tiempo, aquel rótulo dejó de ser meramente geográfico o cultural para adquirir un matiz político y económico: “Latinoamérica” se transformó en sinónimo de atraso, desigualdad y permanente promesa de desarrollo.


A lo largo de las décadas, se ha intentado explicar este fenómeno desde distintas perspectivas: el legado colonial, las estructuras oligárquicas, la dependencia económica o el intervencionismo extranjero. No obstante, más allá de esas variables históricas, persiste un elemento que atraviesa a la región con una fuerza constante: la mala administración política, marcada por la corrupción, la improvisación institucional y un exceso regulatorio que, lejos de impulsar el crecimiento, asfixia la iniciativa individual y obstaculiza el desarrollo sostenido.


I. El concepto de “país en vías de desarrollo” y su permanencia en el tiempo


La expresión “país en vías de desarrollo” se consolidó tras la Segunda Guerra Mundial, cuando los organismos internacionales comenzaron a clasificar a las naciones según su nivel de industrialización, ingreso per cápita y estructura económica. En ese esquema, América Latina fue ubicada en una posición intermedia: ni tan atrasada como África, ni tan avanzada como Europa o Norteamérica. Sin embargo, la “vía de desarrollo” latinoamericana se convirtió en una condición perpetua, una especie de promesa incumplida que nunca logra concretarse.


Durante el siglo XX, múltiples programas de modernización intentaron revertir esa tendencia. Desde las políticas de sustitución de importaciones hasta los populismos de bienestar, pasando por las reformas estructurales de los años noventa, todos compartieron un mismo objetivo: alcanzar el tan ansiado “desarrollo”. Pero ninguno consiguió consolidarlo. El problema, por tanto, no parece residir únicamente en los modelos económicos aplicados, sino en la lógica política que gobierna la toma de decisiones en la región.


II. Corrupción y administración política: el punto de partida del estancamiento


La corrupción estructural es, sin duda, una de las principales causas del estancamiento latinoamericano. La historia política de la región está plagada de gobiernos que, más que administrar recursos, los han utilizado como botín. La captura del Estado por intereses particulares ha deformado el sentido de lo público, convirtiendo la función gubernamental en una maquinaria de favores, clientelismo y control político.


Esta corrupción no solo genera pérdidas económicas cuantificables —por desvío de fondos o sobreprecios en obras—, sino que erosiona la confianza en las instituciones, impidiendo que las inversiones internas y externas se consoliden. Cuando el ciudadano percibe que el esfuerzo productivo no será recompensado, y que la justicia se administra según conveniencias, la productividad social decae y el progreso se detiene.


Pero la corrupción no actúa sola. Va acompañada de una mala administración que multiplica las regulaciones y los controles como si el exceso de leyes sustituyera la falta de eficiencia. Así, los gobiernos de la región se han especializado en crear normas para cada aspecto de la vida económica, social y laboral, sin prever los efectos que estas tienen sobre la competitividad y la libertad económica.


III. Regulaciones, leyes laborales y trabas al comercio: el peso del intervencionismo


Las regulaciones laborales y comerciales han sido concebidas, en teoría, para proteger al trabajador y garantizar la equidad del sistema productivo. Sin embargo, en la práctica, estas políticas suelen producir el efecto contrario. En muchos países latinoamericanos, la rigidez del mercado laboral impide la contratación formal y estimula la informalidad, que en algunos casos supera el 50% de la fuerza de trabajo.


Las leyes que pretenden “proteger” al trabajador terminan excluyéndolo del sistema, ya que las pequeñas y medianas empresas —verdadero motor de las economías locales— no pueden afrontar los costos impositivos, las cargas sociales y las obligaciones legales impuestas por el Estado.


A ello se suma un entorno comercial saturado de trámites, licencias, permisos y regulaciones arbitrarias, que desincentivan la inversión y fomentan la evasión o la corrupción. Abrir un negocio o importar un producto en muchos países latinoamericanos se transforma en una odisea burocrática donde cada paso implica tiempo, dinero y, en ocasiones, sobornos.


El resultado de este esquema es un círculo vicioso: la falta de dinamismo económico reduce la recaudación, lo que impulsa a los gobiernos a subir los impuestos, lo cual, a su vez, desalienta aún más la actividad productiva. En lugar de simplificar, se complica; en lugar de liberar, se restringe.


IV. El espejismo del desarrollo y la imitación de modelos ajenos


Desde mediados del siglo XX, América Latina ha intentado “parecerse” a los países desarrollados, adoptando modelos institucionales, discursos y políticas económicas inspiradas en Europa o Estados Unidos. Sin embargo, este esfuerzo de imitación raramente se acompañó de una revisión profunda de las causas internas del estancamiento.


Se copian instituciones sin fortalecer su independencia, se importan políticas de bienestar sin contar con los recursos que las sustentan y se promueve un Estado “moderno” que, en realidad, se sostiene sobre estructuras burocráticas ineficientes y clientelares.


Mientras tanto, los países desarrollados basaron su progreso en tres pilares: seguridad jurídica, libertad económica y responsabilidad fiscal. Elementos que, en América Latina, suelen ser reemplazados por discursos redistributivos, proteccionismo y gasto público desmedido.


Así, el desarrollo se convierte en una aspiración estética más que en una transformación estructural. Se busca “parecer” desarrollados a través de políticas de imagen, pero sin abordar las verdaderas causas que impiden el progreso: un Estado sobredimensionado, dependiente de los impuestos y ajeno al dinamismo del sector privado.


V. Consecuencias económicas y sociales de las políticas deficitarias


El impacto de estas políticas se manifiesta de manera visible: bajo crecimiento económico, altos niveles de pobreza, inflación recurrente y una desigualdad persistente que alimenta el desencanto social. Los impuestos, concebidos como herramienta de redistribución, se transforman en instrumentos de castigo a la productividad, mientras las regulaciones laborales se convierten en barreras para la inclusión y el progreso.


En este contexto, los jóvenes emprendedores optan por la emigración o por la informalidad; los inversores, por la cautela o la fuga de capitales. Y el Estado, en lugar de corregir sus errores, insiste en multiplicar sus funciones, creyendo que el desarrollo depende de más intervención, cuando lo que realmente necesita es más libertad.


En mi opinión, el desarrollo de América Latina no será posible mientras se mantenga este modelo de control, dependencia y regulación. La verdadera vía de desarrollo pasa por liberar las fuerzas productivas que hoy se encuentran encadenadas por el intervencionismo estatal y la presión fiscal.


Reducir los impuestos, simplificar las regulaciones y desregular el mercado laboral no significa desproteger a los trabajadores, sino abrir oportunidades para que más personas accedan a un empleo formal y digno. Significa también permitir que el talento, la creatividad y el esfuerzo individual se traduzcan en prosperidad colectiva, sin el obstáculo permanente de un Estado que gasta más de lo que produce.


El futuro de América Latina no está en parecerse a los países desarrollados, sino en aprender de ellos lo esencial: la confianza en la libertad, en la competencia, en el mérito y en la responsabilidad individual. Solo cuando comprendamos que el progreso no se impone desde arriba, sino que surge desde abajo —desde la sociedad, la empresa, el trabajo y la innovación—, podremos dejar de ser “países en vías de desarrollo” y convertirnos, finalmente, en naciones verdaderamente libres y prósperas.



Autor: Axel N. Inca    




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