SOBRE LOS EVENTOS CANÓNICOS DE LOS HOMBRES Y LAS MUJERES

Los eventos canónicos de los hombres suelen estar marcados por hitos que refuerzan un ideal de masculinidad construido desde la fuerza, la competencia y la independencia. Estos eventos —aunque varíen según cultura, tiempo y clase— giran en torno a la demostración de capacidad productiva, el abandono de la infancia emocional, y la validación externa a través del logro. Son momentos en que el hombre es empujado, casi siempre sin opción, a alinearse con una visión del mundo que espera de él control, racionalidad, frialdad y resistencia. No son experiencias neutrales: son pruebas que lo moldean a golpes, lo distancian de sus emociones y lo entrenan en una forma de soledad que más tarde será vendida como autonomía.

Este proceso suele estar atravesado por la presión de mostrarse como alguien que puede sostener, resolver y resistir. La vulnerabilidad no tiene lugar en este canon; si aparece, debe ocultarse o sublimarse. Así, los hombres muchas veces alcanzan una suerte de "madurez" en términos sociales, pero a costa de una amputación interna: se les enseña a llegar a ser adultos sin habitar plenamente su humanidad. El precio de ser “hombres hechos y derechos” es muchas veces una desconexión de su mundo emocional, una resistencia crónica a pedir ayuda y una rigidez que se convierte en coraza. Los eventos que los marcan son celebrados por la cultura como signos de progreso, pero también son silenciosos generadores de trauma.

En contraste, los eventos canónicos de las mujeres suelen organizarse alrededor del cuerpo y de la emocionalidad. Se les asocia al cuidado, al sacrificio, a la espera y a la maduración precoz. Mientras que los hombres son alentados a demostrar, las mujeres son entrenadas para sostener. Desde edades tempranas, son interpeladas por un relato que les pide estar atentas a lo relacional, a lo doméstico, al otro. Sus ritos de paso hacia la adultez tienden a involucrar una carga simbólica mayor de entrega, con menos margen de decisión personal. La cultura les asigna la madurez como un deber emocional: madurar es cuidar, es renunciar, es acomodarse a los otros. Mientras tanto, los afectos que a los hombres se les niegan, a ellas se les imponen hasta el agotamiento.

La madurez, entonces, llega para ambos por caminos opuestos pero igualmente violentos: a ellos les es arrancada la sensibilidad en nombre de la fuerza; a ellas les es arrebatada la libertad en nombre del amor. El hombre se vuelve adulto cuando logra autonomía productiva, pero desconectado de sí mismo. La mujer es considerada adulta cuando renuncia a su deseo en favor del bienestar de otros. Uno se endurece para pertenecer; la otra se moldea para agradar.

La crítica no está en negar que existan ciertos hitos vitales importantes, sino en señalar cómo la cultura ha codificado estas experiencias de manera desigual, limitando el desarrollo pleno de las personas en nombre de una identidad de género. Romper con los eventos canónicos no implica abolir toda forma de tránsito o transformación vital, sino liberarlos del mandato de género que los asfixia. Hombres y mujeres maduran —o deberían madurar— no al costo de sí mismos, sino a partir del descubrimiento auténtico de sus capacidades, límites, deseos y formas de estar con el otro. Reescribir los eventos canónicos es, entonces, una tarea urgente si se quiere una sociedad donde ser adulto no sea sinónimo de renuncia, sacrificio o alienación, sino de presencia, verdad y libertad.



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